Posteado por: bertus rai | 15 junio, 2014

PAVÍAS

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El Roto en El País el 4 de junio 2014

 

Una noche hace poco al morder una fruta de esas hibridadas descendientes del melocotón, su aroma me trajo el recuerdo fresco de mi madre. Algo parecido a las pavías que en este tiempo próximo al solsticio de verano, hace ya unos años, era fruta de temporada, frágil y delicada, deliciosa refrescada en las neveras de hielo de entonces. Contaba mi madre que el día que nací su último antojo fue darse un atracón de pavías, que fue al Mercado Central por la mañana y no pudo resistirse a la tentación de comprarlas y darse un festín. Puedo imaginarme cómo fue, quizás ni esperó a llegar a casa, en el corto paseo desde el mercado, tremenda como estaba ella, con los primeros calores de junio y sus iniciales desarreglos glucémicos, que desembocaron en una diabetes después del parto que tristemente aceleraría su muerte muchos años más tarde, pero que le harían devorar aquel fruto con deleite y pasión. Esa misma tarde nacería yo.  Era un tiempo en que cada fruta llegaba a su cita en temporada, como un calendario biológico. Unos años más tarde yo disfrutaría de ese fruto fresco, dulce y jugoso que te chorreaba hasta los codos y que se pelaba fácilmente pellizcando su piel algodonosa y tirando de ella, cuando estaban en su punto. Su aroma era fácilmente reconocible, como la mayoría de las frutas de entonces, poco que ver con lo que se produce ahora, si acaso ese sabor que hizo que recordase una vez más a mi madre y que le agradezco profundamente a esa nectarina.

Desaparecieron esas pavías como desapareció el tranvía y tantas otras cosas de finales de los cincuenta, años determinantes de recuperación después de grandes guerras, dentro y fuera del país. Sin duda años de descubrimiento donde se empezó a disfrutar del sentido de bienestar por parte de gran parte de la población, sin lujos pero sin duda con el orgullo de tirar para adelante e intentar disfrutar de lo que la vida ofrecía después de tanta inmundicia pasada. Nada que ver con el hartazgo que sufrimos ahora de excesos consumistas y que se traduce en el uso desbaratado de materias primas y recursos de todas clases que terminan pudriéndose en los árboles o de saldo en cualquier hipermercado, o en balas y contenedores a destinos dudosos y diversos. Todo sea porque los sistemas de producción no se paren, no sea que se caigan y se rompan.

Abdicó el Rey, quizás un día importante para la historia de algunos y para los voceros de la corte. Ha pasado mucho tiempo desde que la madrugada del 24F, nos salvó el culo a muchos, en especial a los que estábamos en la mili y en Valencia. Poco más justifica mi respeto hacia la figura del viejo monarca campechano y vividor que no ha sabido bregar a tiempo con el control de sus allegados y el suyo propio, y que ha tomado la mejor decisión posible entre tanto desbarajuste y la que se avecina.

Pero el Rey no existía en el tiempo de las pavías, en el país en el que nací. Ni se le esperaba. Del mismo modo no sería necesario perpetuar la institución. Aunque en este país de meapilas apesebrados que nos gobiernan, las tradiciones y el folclore se mezclan con los derechos y la libertad de elegir, y la desmemoria  selectiva hace estragos. La Constitución no es la Biblia, que ni se sabe quien la escribió, la votamos muchos y pese a lo que nos quieren hacer creer, es y debe ser modificada en aquellos aspectos que en democracia se considere oportuno, porque las cosas cambian y hay que adaptarse, y la propia Constitución lo permite y así debe ser.

Afortunadamente nos queda la ficción, anoche en un fantástico 7º episodio de la 7ª temporada de Mad Men pude recrear un momento realmente importante e intenso de mi vida. La puesta en escena de cómo pudieron vivir algunos estadounidenses la llegada del hombre a la luna. Mientras en distintos planos se mostraban la expectación de distintos grupos, yo me vi con mi hermano y mi abuela viendo en directo la retransmisión. Mi abuela nunca lo creyó. En el episodio el viejo Cooper muere posiblemente por la emoción que le generan las palabras de Amstrong: “Un pequeño paso para el hombre y un gran paso para la humanidad…” Su cara emocionada, exclamando ¡bravo! con los ojos vidriosos, da paso a una elipsis en la que seguramente su corazón de curtido publicista se para. Aparece finalmente, solo a los ojos de Don como si de una alucinación se tratase, marcándose un swing magistral tarareando: “Las mejores cosas que hay en la vida son gratis”… Reyes?…, !monsergas!, carnaza para que los medios hablen y encandilen al auditorio con amarillismo informativo.

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